La depresión postparto existe.

La depresión postparto existe. Sí. es real. Y afecta a un alto porcentaje de mujeres. Entre un 50% y un 80% de las mujeres experimentan tristeza, lloros, fatiga, irritabilidad, insomnio, cefaleas… en el postparto. Síntomas de un mal al que hay que dar visibilidad y normalizar.

No es malo que una madre sienta rechazo por su bebé, lo malo es verlo como algo antinatural. Por eso es tan importante conocerla para poder identificarla, tratarla e intentar ayudar. Es alarmante saber que 1 de cada 10 mujeres la padece. En estos casos, el apoyo de familiares y amigos es fundamental.

Cuando Laura me llamó para hablarme de un tema personal, jamás imaginé que se trataría de algo así. Su niña tiene 4 años y es un amor. Laura la adora, siente pasión por ella, pero el principio de su «relación madre-hija» no fue precisamente fácil, ni idílica como te cuentan en las revistas, libros, blogs… Cada mujer es un mundo y más cuando hablamos del postparto.

Me emocioné. Mucho. Y más cuando me dijo que quería hacer algo para poder ayudar a otras mamás en su misma situación. Hablarles. Explicarles que es un camino duro pero del que se puede salir. Entre otras opciones que se nos fueron ocurriendo, y que ha intentado poner en práctica pero a las que no ha podido dar forma porque no le abren puertas, se me ocurrió que me escribiese su historia. Si el hecho de que escriba en un blog de y para mamás puede servir para poder dar un poco más de visibilidad al problema… pues adelante.

Hoy la protagonista de este post es ella. Laura. Y esta es su historia.

«Me llamo Laura. Siempre me gustaron los niños y pensaba que ser madre me haría muy feliz. No sabía lo equivocada que estaba…

No sé si fue ocasionada por las circunstancias que rodearon la noticia del embarazo, (ya que cuando me enteré nuestra única fuente de ingresos pendía de un hilo), o simplemente que lo «pintan» muy bonito y nadie te habla de las posibles consecuencias. Nadie te habla de la depresión postparto. Pero existe, es real y es un proceso muy duro que te lleva al límite de todo….

A medida que pasaron los meses de gestación, nuestro problema laboral desapareció, así que me dediqué a disfrutar de mi «barriga». Lo que no sabía era que lo peor estaba por llegar. En los últimos meses mi matrona se dio de baja y me atendía un médico diferente cada semana, con la consiguiente sensación de abandono. Cuando rompí aguas todo fueron nervios, junto con la alegría e ilusión por verle la carita a mi niña. Después de ingresar y no prosperar en un parto «normal», la frustración se hizo patente en mi cabeza: yo, que era capaz de hacer cosas increíbles e imposibles, no había sido capaz de traer a este mundo a mi hija por mis propios medios… Y allí, en el baño del hospital, de la mano de mi madre, fue la primera vez que lloré.

Y lloré. Lloré mucho durante mucho tiempo. Todo era un sacrificio, todo me costaba un mundo, estaba acostumbrada ser independiente y verme así, necesitada de ayuda para todo, fue la puntilla que hizo que explotase.

Me dediqué a echar a la gente de mi vida y a permitirme el lujo de decir que ellos eran los culpables. Cuando quise darme cuenta, estaba sola en casa con mi familia y mi niña que era más buena que nada, pero cuando lloraba… yo me crispaba y chillaba y lloraba.

Era horrible no poder controlar los episodios de ira. Amaba a mi hija y a mi marido, pero necesitaba ayuda para salir del círculo vicioso en el que me había metido. Me irritaba y descargaba todo con mi marido (al que casi pierdo), con mi familia (que siempre estuvo a mi lado). Me frustraba porque me sentía mala madre y mala persona. Lloraba y volvía a enfadarme conmigo y con los que me arropaban por sentirme débil y llorar. Y vuelta, una y otra vez, a lo mismo… Un círculo del que era incapaz de salir.

Un día decidí pedir ayuda. Fui al médico y con medicación volví a casa esperando que se solucionara todo. Esperando que la próxima vez que le diera el pecho a mi hija no me entraran ganas de tirarme por la ventana. Esperando que la próxima vez que le explicara a alguien que no estaba bien, su respuesta no fuera «¡¡cómo vas a estar mal con la niña tan bonita que tienes!!! Anda, mírale la carita y déjate de bobadas».  Esperando….

La medicación no hizo el efecto deseado, pero después de cuatro meses de infierno la luz se empezaba a vislumbrar  para mí. Poco a poco, y gracias al apoyo y esfuerzo de mi familia, al amor incondicional de mi marido, y sobre todo, a mi hija, que fue el apoyo en el que me refugié, fui encontrándome mejor y un día, me di cuenta de que era la primera vez en meses que no lloraba al levantarme. Que no me sentía abatida sino con ganas de hacer algo con mi vida. Empecé a salir de nuevo, encontré ayuda en las personas que menos esperaba, en personas que se encontraban a 300 km pero que yo sentía cerca. En amigas que no se dieron por vencidas y volvieron a mi vida como un salvavidas…

Fue un año duro del que aprendí que pedir ayuda no es malo. Que quien te quiere va a luchar por ti a muerte, porque ayudarte es duro pero perderte es insoportable. Y sobre todo, aprendí que el amor de mi hija es la fuente de mi fuerza interior. La amaba, la amo y la amaré siempre, porque a pesar de esta pesadilla, le ha dado un nuevo sentido a mi vida.

Hay que gritar fuerte que la depresión postparto es una enfermedad a la que hay que combatir con cariño y paciencia y ocultarla no va a evitar que esté ahí haciendo que miles de mujeres se sientan menos madres y acaben con sus vidas o con las de sus pequeños y dejando destrozados a sus familiares. Ser madre es hermoso, pero nadie te dice nunca lo duro que es. Aún así, ser madre es la mejor cara de mi misma.

Si te sientes así, si te encuentras mal, pide ayuda y no dejes de disfrutar lo que tienes delante de ti».

 

A vosotras, mamás que sufrís en silencio por miedo al qué dirán… os animamos a que busquéis ayuda. Normalizadlo. Hablad sin tapujos. Dejaos ayudar.

A ti, Laura. GRACIAS. Por confiar en mi. Por contarme tu historia y dejarme publicarla. Gracias por ser como eres, por tu gran corazón y por querer ayudar de manera tan desinteresada. Seguro que más de una muchomásquemamá agradece hoy tus palabras.

 

La vida es un camino de rosas y espinas…

 

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